26 de abril de 2020

Imagen: Lola Jiménez

 

Lo más extraño al despertar es percibir
que la mañana no extraña el silencio.

Éste es el augurio al levantar la persiana,
la opacidad muda de la primera luz, la mañana
dichosa por no tener que arroparnos:
ella siempre dice la verdad, ¿No es cierto?

Un tren lento y pesado, que todos y todas
observamos pasar en el silencio de plástico,
en las noches, tardes, mañanas, horas oblicuas,
como una realidad de hierro y humo en vía muerta
y trayecto estéril.

Hoy es éste 26 de abril y si tuviera que cambiarlo
por el auténtico y real, no lo haría.

¿Acaso la vida se ha detenido?
¿Acaso somos otros?
¿No saludamos voces y lunas, brillos aún demacrados
de resistencia y placer?

Los agoreros siguen escupiendo malestar en latigazos mentirosos.
Los honorables siguen pretendiendo dar lecciones
para asegurarse el próspero futuro utilizando
palabras graves que catequizan a los pusilánimes.
Los milenaristas siguen abriendo los brazos a un futuro abrasado,
el mismo gesto idiota, atemporal y místico
que infecta las almas de los pobres de espíritu.
¡Me pongo al frente de los idiotas!, legión solidaria e ineficaz,
frente a las ausencias, frente a las batallas perdidas, frente a la armadura.
¿Saldremos mejores? No, saldremos todavía más enfermos
avariciosos arrogantes petulantes ignorantes lívidos
ansiosos lerdos amargados. Y gordos.

Los animales siguen en silencio esperando la hora
en la que dejarán de pasear por las calles vacías;
sólo ha sido un divertimento, dicen, no os creáis que vuestro territorio
es nuestro paraíso perdido.
Las ambulancias, sí, las ambulancias
siguen presentes, como siempre, los únicos vehículos
que rasgan la irrealidad disonante de las infinitas ventanas,
de los vapores desquiciados de cada espera, de cada habitación.

¿Dónde está el Poeta sano y vigoroso?
¿De qué estás hablando?
¿Alguna vez hubo un Poeta sano y vigoroso? ¿Existe ése poeta?
Podía levantar piedras enormes y arrojarlas contra
los escarnios de la corrección;
podía doblar barras de estulticia y autoridad; podía…
¿Lo echas de menos?
Lo echo de menos, en estos momentos, sí.
Ahora todos cantan canciones aprendidas,
letras de andar por casa, traficantes de melodías usadas,
bostezando insomnio, palabras de diccionarios mustios,
plantillas intercambiables de arrebatos, flora y fauna, paisajes
de cartón piedra iluminados al activar interruptores
sin levantar el culo del asiento.
Todo por nombrar una realidad de primera capa,
extravagante y simple, al mismo tiempo.
Tú lo has dicho. Así es.
El Poeta sano y vigoroso es el fantasma detrás de la puerta.
Esperamos encontrarlo mañana, al salir.
¿En serio? ¿Esperamos algo en esta dicha de arrebatos virtuales,
en esta selva de insensateces, de ignorancias?
Escuché tu voz entre un tumulto. Dijiste algo así como
que la realidad ya se retuerce sola. Que tan sólo querías
recuperar algunos aromas de ciertas tardes; algo así.
Ha sido un bonito día. Cuando las cosas tienen un tiempo peculiar
ya no hace falta hablar: Lo nombras, lo matas.

Aprendimos a engañarnos y a pensar que la dificultad
está impregnada en las cosas,
que son mezquinas, orgullosas
y no.
No hay conflictos verosímiles
que no se resuelvan con arrojo.
Y también cabe la honrosa posibilidad
de renunciar a entender y esperar a mañana.

“Es bueno a veces para la poesía que nos decepcione”
Robert Hass

 

 

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