Certezas

Imágenes de Lola Jiménez

Jugamos donde se rompen las reglas,
fuera de los territorios acotados de la gentileza.

Esto que nos pasa ya lo hemos vivido ¿Recuerdas?
Es eso que permanece encadenado como un dios antiguo,
oculto para aquellos que apenas conocen
los inevitables augurios.

Pero tú y yo todo no lo olvidamos, nunca lo hemos hecho.
Es un tesoro envenenado, una bella planta luminiscente
que oculta el horror emponzoñado y eso, querida,
es el mismo argumento tantas veces amasado,
tantas veces, a pesar de las voces jubilosas,
a pesar de los gestos displicentes.
¡Ah! Cuántas batallas hemos perdido y, sin embargo,
la guerra sigue presente, qué extraño…
¿Qué guerra? ¿En qué ejércitos hemos batallado?
¿Qué hemos perseguido hasta ahora?
¿La belleza, la verdad, la sabiduría, el hechizo?

Hambre. Eso es, hambre duradera.

Siento el mismo precipicio ahora. El mismo sumidero
mientras preparo el desayuno.
¿Qué protección necesitamos?
¿Qué peligro corremos?

Hay un pequeño camión que pasa, lento, como asustado.
Hay niños detrás de las ventanas, amasando la velocidad
de los recuerdos resecos,
la cicatriz del presente.
Gaviotas a sus anchas embelleciendo el aire
entre edificios, atravesando la luz afligida
que sólo las miradas ocupan.

Me agarro a una conjetura
y pienso que es la misma que me acompaña desde siempre.
El mismo abismo de sal y viento.

Mira ahora el pasado como una fuente adulterada.
No abras el futuro, no lo abras,
sólo queda éste minuto que vivimos, armado de sombras
a un lado y a otro. La luna, como una cuchilla
desgaja el futuro, sin fuerza para iluminar el pasado.
Éste minuto, no más.

Creo que fue el 20 de julio de 1936.
Mi abuelo bajó a trabajar al ayuntamiento, como cada día.
A medio camino se encontró con alguien:
No bajes, están deteniendo a gente.
Él guardó muchos años un recorte de periódico
en el que aparecía en una lista, creo que el tercero o el cuarto.
Arriba y debajo de la lista, un emparedado de muertos,
todos caídos menos él, fusilados en el siniestro lugar conocido
como campo de las ratas.
Mi abuelo vuelve a su casa, no sabe qué hacer.
Decide ir a casa de su madre. Es una casa grande, con buhardilla
y piensa que allí podrá esconderse, al menos unos días.
Es una locura, allí irán a buscarle pero ¿Qué otra cosa puede hacer?
Piensa, quizá, que si lo detienen,
librará de contemplar su captura a su mujer y su pequeño hijo.
Los días se convierten en semanas, meses, años.
La entrada a la buhardilla estaba oculta detrás de unos muebles.
Él salía de vez en cuando, a comer, a bañarse.
Y en las horas peligrosas de la noche, allí estaba,
solo, condenado al miedo y el silencio.
 
Tres años.
¿Qué promesas puedes hacerte a ti mismo en todo ese tiempo?
¿Qué desesperanzas, qué angustias anidan para siempre?
¿Qué recuerdos se encarnarán más tarde?
Tres años encerrado, añadiendo el miedo.
Añadiendo la muerte alrededor.
 
Mi padre guarda el recuerdo de ir algunos días a casa de su abuela.
Le ponían frente a una pared y le pedían que saludara,
que sonriera.
 Detrás de la pared, a través de un pequeño agujero,
el hombre escondido observaba crecer a su hijo.

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