Ésta mañana

Diálogo II.

Imágenes de Lola Jiménez

 

¿Están los tuyos? ¿Estás sola?
¿Te vistes cada día de ruido, de silencio?
¿Hay ventanas que te ofrecen algo? ¿Rostros que te saludan?
¿Entiendes las señales de la noche? ¿Las primeras luces de la mañana?
¿Piensas en ellos? ¿Piensas en ti?
¿Agradeces el aire limpio? ¿Las tormentas?
¿Los primeros calores? ¿Escuchas la lluvia?
¿Te asustan los ruidos nocturnos? ¿Voces que no reconoces?
¿Han venido a buscarte?
¿Proteges lo que amas? ¿Proyectas tiempos nuevos?
¿Enciendes las luces antes de tiempo?
¿Las apagas más allá de lo razonable?
¿Abarcas las horas? ¿Inauguras nuevas rutinas?
¿Te acompaña el lenguaje? ¿Amasas ascendente el futuro?
¿Estás bien? Dime ¿Estás bien?
¿Y qué significa para ti estar bien?

La sed. La sed de todo. Amargura de líquidos, carne fresca, leche caliente.
Todos estos objetos mil veces vistos
revelando instrucciones en idiomas del pasado:
Ancla de fe, ancla de esperanza, más vana que la propia vida,
más efímera y amarga…
Seguimos, sí, seguimos aquí.
Borrando las distancias y los ojos,
las lágrimas de dioses más pequeños que tú y que yo.
El presentimiento de muertes y resurrecciones que suceden
al mismo tiempo
al mismo tiempo.
Abarcando trayectos como hileras de piedras que entorpecen la mirada.
Somos fuertes, tú y yo. No deberían ponernos a prueba,
no deberían amortajarnos con palabras deshonestas.

 

El chico escuchó el ladrido de los perros
y se preguntó qué peligro encerraba aquella señal.

Pronto aprendió que los ladridos no son más que miedo,
el miedo de los perros hacia las cosas desconocidas.

El chico se preguntó qué es lo que hacen las personas
para alejar el miedo; qué ladrido silencioso utilizan
para defenderse de lo desconocido.

Miró al cielo y se llenó de aire los pulmones.
Tomó un camino sin esperar respuesta.
Pensó que no necesitaba respuestas sino certezas.
Encontró cuerpos.
Y en la piel desenterró deseos.
Abrazó pasiones, se descerrajó líquidos inquietos,
risas de boca a boca, saltos al vacío.

Los perros esperaban ahora en silencio.
Él los alimentaba, no les temía.
Contemplaba algunos extraños animales
caminando despreocupados por las calles vacías.
Él estaba tan quieto que ninguno de ellos reconocía su presencia.

Se hizo silencio y daño.

¿Dónde estás, madre, dónde estás?
La casa estaba vacía y el aliento del dolor todavía presente.
El chico rompió su silencio para gritar una pena antigua.
Sólo la lluvia acompañó su lamento.
Siguió su camino entre los sonidos nuevos.
Se preguntó si el mundo había puesto en pausa
el fulgurante pasaje hacia la catástrofe.
Se preguntó si no sería posible que aquello que todos temían
no fuera otra cosas que una buena nueva,
el mensaje doloroso de la esperanza
que traería, por fin, algo parecido a una salvación.

Su cuento de primavera no era creíble.
No había primavera, no había historias,
ni siquiera luces en las ventanas. Sólo los ladridos de los perros.
Sólo el ruidoso miedo.

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