Ana Mato / Carroll / Yo mismo

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La niña entra en la casa. Se dirige a la cocina, de donde viene un ruido extraño de cacharros golpeando el suelo y las paredes. En el centro de la cocina puede ver una mujer sentada en un taburete. En sus brazos tiene un bebé. Hay otra mujer que se dedica a lanzar todo tipo de objetos, algunos de ellos pasan rozando a la mujer sentada en el taburete, con el consiguiente peligro para ella y para el bebé. La niña está muy sorprendida pero también fascinada por la escena que observa en la cocina y entra, a pesar del peligro que también ella corre.
La mujer sentada en el taburete le dice a la niña que tiene que irse a una fiesta y que si no le importa quedarse con el bebé. A la niña apenas le da tiempo a responder; la mujer lanza el bebé por los aires y éste cae afortunadamente en brazos de la niña. La mujer se va. La otra mujer sigue lanzando objetos: cacerolas, sartenes, etc. Alguno pasa rozando a la niña que decide protegerse a ella y al bebé y sale de la cocina y de la casa
.

Lo primero que me vino a la cabeza al leer esta escena fue David Lynch. También Kafka, pero es que, para mí, Lynch tiene mucho de Kafka aunque mucha gente pueda levantar las cejas con este comentario.

Antes de llegar a esta escena ya había pensado en Kafka como referente.
Para los que no la hayan reconocido, la escena pertenece a Alicia en el país de las Maravillas y termina de la forma más lynchiana que se me ocurre: Alicia sale con el bebé en brazos, lo observa extrañada y contempla cómo el pequeño ser se va convirtiendo en un cerdo y sale corriendo. (También súper-kafkiana, claro…)
La angustia de Alicia ante el bebé (esa angustia que todo padre primerizo ha sentido en los primeros días de la vida de su hijo (hablo de padre porque no lo he consultado con las madres…)), la duda y la responsabilidad ante un nuevo e indefenso ser vivo, qué hacer con “esta cosa”, tan viva y necesitada pero cuasi-inútil, se convierte en un alivio al convertirse en cochino, porque el cochino sí sabe qué hacer, salir corriendo, vivir, valerse por sí mismo. Es como una pesadilla de las múltiples que cualquiera hemos podido tener, donde algo irresoluble, angustioso, se convierte en sí mismo en la solución y llega el alivio.
“Si hubiera crecido -, se dijo a sí misma, – hubiera sido un niño terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso”.

Definir “pijo”. He leído cosas estos días sobre los pijos. Urdangarín. Ana Mato. Personas que son lo que parecen. No los voy a definir. Pero son lo que parecen. ¿Qué aspecto tiene Ana Mato? ¿Qué referencias tenemos al ver su look? Pues eso. Juzguemos a nuestros semejantes, a algunos de ellos, por su aspecto. Es lo que nos queda. Como mienten más que hablan, no podemos hacer otra cosa. Pagarán justos por pecadores pero que se jodan, más jodidos estamos los demás.
La respuesta de Ana Mato cuando le preguntan cuál es su momento preferido del día: “Por la mañana cuando veo como visten a mis niños”. Si lo dice el Mundo es porque es cierto. No porque El Mundo no mienta, que miente y manipula de forma masiva; es que a El Mundo le va la vida en esto de que se sepa quién es cada uno en esta opereta barceniana, gurteliana. Conocemos a los pijos por su aspecto, no por sus vidas o las relaciones que establecen con sus semejantes. Al menos yo no. Alguien debería hacer un documental, tipo National Geografic sobre los pijos españoles. Hay pijos en todo el mundo pero me imagino, siento, que cada país tiene su propia sub-especie, con sus especiales características. Puedo decir, por ejemplo, que los pijos chilenos son extremadamente salmón-blanco-ropa de tenis. Como nuestros pijos de los años ochenta. Y además hay algo racial, la mayoría son rubios y de ojos claros. Los conozco muy poco pero el caso es que cuando estuve en Chile los veía destacar muchísimo, como cuando ves a un equipo de baloncesto en la calle y ya desde muy lejos te llama poderosamente la atención, pues así los pijos chilenos. Los nuestros son mucho más variados. Supongo que tu propia sub-especie pasa más desapercibida por el hecho de tenerlos tan cerca.

He seleccionado algunos libros para leérselos a mi hija Celia (casi 5 años) durante las comidas. Empezamos hace unos meses con Alicia en el País de las Maravillas, que tengo que reconocer que no conocía en su versión primera y auténtica (me compré la edición de Cátedra por aquello de la rigurosidad literaria pero creo que no la recomiendo… Traducir “liebre marcera” puede ser la opción más correcta gramaticalmente pero “liebre de marzo” es más bonito, normal, no sé. Algunos comentarios a pie de página rozan el absurdo…)
Cualquiera que conozca Alicia sabe que no es el libro más apropiado para la edad de Celia, pero en algún momento ella había leído una de sus versiones reducidas y, ante su curiosidad y lo fragmentado, edulcorado y tergiversado de las versiones, me decidí a comprar el libro y leerlo por entregas. Nos saltamos algunas páginas. Lo disfrutamos. Nos aburrimos un poco. Lo entendimos. Nos reímos.

Alicia no es lo que parece. Todo lo que toca Walt Disney se convierte por arte de su supuesta magia en un mundo colorido y de parque de atracciones (el mágico mundo de colores…) y, como muchas otras obras, la imagen que tenemos de Alicia no es otra que la de Disney.
Pero el verdadero “país de las maravillas” tiene abundantes claroscuros. Tinieblas. Corrientes misteriosas e inquietantes que llevan a Alicia de un lado a otro sin que ella pueda elegir o eligiendo mal. Confusión, mucha confusión. Perplejidad. Sentido / Sin-sentido.

Querida Ana Mato: “El jardín de las maravillas” que querías para tu hija el día de su quinto cumpleaños pudo convertirse en un arma peligrosa. No tienes ni puñetera idea de lo que es “el jardín de las maravillas”. A veces parece una pesadilla, hay una reina despiadada que corta cabezas y un juicio sumarísimo y grave por razones sin sentido. De cualquier manera, te agradezco que para tu hija de 5 años no hayas elegido el fondo del mar de Bob Esponja o un palacio Gormitti.
El jardín de las maravillas por el que” te pagaron” 7000 pavos, no existe. ¿Qué coño es el jardín de las maravillas?

Alicia baja a un lugar como Dante baja al infierno. No es nada divertido, menos mal que era un sueño. Alicia no se ríe mucho en el ultramundo que visita. Pocas cosas le causan admiración. La mayoría perplejidad, confusión, incluso miedo. Los personajes la aturden con su sin razón. Está a punto perder la cabeza, literalmente.
El primer título del libro era “Las aventuras subterráneas de Alicia” y después Carroll sustituye las inquietantes palabras “Under ground” por la infantil pero no limpia de doble sentido “Wonderland”.
Sin embargo, la mirada y el estar de Alicia son increíblemente razonables y equilibrados. Se muestra perpleja pero no sobrepasada por los acontecimientos y los personajes con los que se encuentra. Ni siquiera cosas lisérgicas como el hecho de que le crezca el cuello por encima de las copas de los árboles, por ejemplo, hacen que pierda la razón o entre en crisis. Hay determinadas sustancias que sabe que si las toma producirán efectos extraordinarios. Simplemente se prepara para ello con sentido común y ya está.

La pasta mata la curiosidad. Sobre todo la pasta corrupta, billetes a mansalva, sin control. ¿Cómo le explicas esto a un niño? ¿Cómo le vas a explicar esto a tus nenes, Ana Mato? Feliz no-cumpleaños hijita. Puedes zafarte diciéndonos a nosotros que la culpa es de tu ex. Pero ¿A tus hijos? Ese señor del que hablas de forma displicente, señalándole con el dedo, es el padre de tus hijos. Dios, esto se pone griego, en el sentido de tragedia no en el actual, que también.
Está bien. Si una mujer viste a tus hijos mientras tú miras y vives tu momento preferido del día; si les llenas el jardín con un decorado de cartón-piedra de una mentira como “el jardín de las maravillas” donde estoy seguro que no rodaron cabezas ni se juzgó a nadie; si tus hijos se tragan eso todos lo días, pueden aceptar que papá hizo cosas que no debía. Da igual, no me voy a meter en ese “jardín”. Lo que quiero decir, simplemente, porque el tema de los niños me llega al alma, es que la curiosidad es el motor que empuja a Alicia a llegar más allá. El motor que empuja a los niños a descubrir por si mismos, a investigar a inventar. Si montas el ficticio Jardín de las maravillas en casa, pagando un montón de dinero sucio, un mundo de fantasía edulcorada, lo único que hace es impedir a los niños que lo descubran por sí mismos que lo inventen que lo construyan que lo hagan o deshagan destruyan vuelvan a empezar a su gusto que sean Alicia ellos y no una actriz pagada con dinero sucio. ¡Ah!

“-Pero si yo no quiero estar entre locos… -comentó la niña.
– ¡Ah!, pero eso no puedes evitarlo –le dijo el Gato-: aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Y tú también.
– ¿Y cómo sabes que yo estoy loca? –preguntó Alicia.
– Tienes que estarlo a la fuerza –le contestó el Gato-, de lo contrario, no estarías aquí.”

Lewis Carroll es como Joyce pero para niños. El lenguaje: lo que nos da sentido, quitado el sentido.
Carroll, Joyce, Kafka, incluso Lynch, juegan con el lenguaje, lo hacen el verdadero motor de la creación. El Objeto Creativo. No hay apenas historia, el “argumento” se diluye en el trascurrir del tiempo, en las palabras, en los giros del sentido, no hacen falta, los argumentos son cebos innecesarios. Kafka no termina ninguna de sus tres novelas. Es imposible terminarlas. El rumor del inquietante submundo, como el renovador sonido del río de la vida, nunca se detienen, nos acompañan siempre, son la banda sonora de la existencia. No hay silencio. Los resúmenes para los afiches de David Lynch dan risa después de vistas sus películas. Carroll soluciona el viaje diciéndole a los niños que no se preocupen por que todo ha sido un sueño; la manera de justificar la sin razón es compararla con los sueños, donde el trascurrir de los acontecimientos y el tiempo está fuera de la lógica. Asunto resuelto.

Lejos de generar confusión, que es lo que muchos piensan, que estos artistas “innovadores” introdujeron formatos que han contaminado el sentido de la creación y de la realidad, que Joyce es un farsante y un coñazo y David Lynch un chiflado contemporáneo, a mi modo de ver lo que añaden es “realidad” al objeto artístico. A nuestras vidas. Llegar más allá de la propia realidad, no a través de la ficción, sino de una depurada y radical utilización del lenguaje, los significantes y los significados. El lenguaje es lo que nos da sentido, entonces. (Wittgenstein es otro fascinado por Alicia como Joyce )

Iros todos al Infierno. Si visitáis el de Dante volveréis renovados. Hace poco hice una lista de vehículos cuyos propietarios tienen un índice tan elevado de ser unos hijos de puta que se puede decir que “todos” son unos hijos de puta. Me refiero a, por ejemplo, un Porsche cayenne o un audi q7. Es tremendamente difícil que el propietario de uno de estos coches no lo sea. Ya se que esto es totalmente injusto, pero la edad, además de hacer que cada vez más relativice ciertas cosas, sobretodo emocionales, me empuja a hacer estos juicios radicales, pues la intuición se afianza con los años como certeza, gracias al cálculo de probabilidades que se acumula a lo largo de los años. ¿No os pasa a vosotros? (Los Mercedes son otra cosa. Quizá desde que veo a los árabes de vuelta a sus casas en vacaciones con los Mercedes de 25 años cargados hasta más allá de lo permitido, mi concepto sobre los propietarios de un Mercedes ha cambiado. Hace 20 años era diferente.)

¿De qué hablamos? De apariencias. De realidad y de lo que está detrás. Nosotros estamos detrás. Más allá de la realidad, pero más realidad que la propia realidad.

Querida Ana Mato: Me da igual que tengas facturas. Yo también he cobrado en negro, también he defraudado, no he declarado dinero. A veces pienso que si existiera una remotísima posibilidad de que me nombraran ministro o secretario de estado, estaría todo el día cagado de miedo por la incertidumbre de si alguien me iba a pillar algún desmán de mi otra vida, esta que estoy viviendo ahora, la que he vivido hasta ahora. En realidad, no sé qué tanto por ciento de la población hemos cometido ilegalidades fiscales o de otro tipo, pero debemos ser más que muchos. Si nombraran ministro a un fontanero, por ejemplo, a un pintor de brocha gorda, un artista underground, o uno de esos payasitos que contratas para los cumples de tus hijos, caerían con todo el equipo en pocos días. Inhabilitados en un par de semanas. Centenares de manos se levantarían: “Ostias, yo a ese tío lo conozco, me hizo unas chapuzas en casa ¡Me facturó sin IVA!”
Vale. El inconsciente colectivo ADORA la posibilidad de cobrar un sobresueldo de 5000 pavos en un sobre sin declarar.
Yo pienso en tus hijos. En la capacidad que tendrán en su vida de distinguir la realidad y las apariencias. Lo que es verdadero o falso.
El detalle de construir para un montón de niños un “jardín de las maravillas” con miles de globos, una gran puerta, una Alicia de mentira, etc., es lo más grave de este asunto. Más que Gurtel, más que sobresueldos, más que Amnistía fiscal, etc. (Si a un niño de cinco años le das eso ¿Cuáles serán sus expectativas cuando sea mayor…? ¿Gastarse 5000 euros en confeti como papá, por ejemplo?). Estamos ante el eslabón de una cadena que perpetúa unos condicionantes socio-económicos hasta más allá de un par de generaciones más. Nada cambiará. Los que confunden la realidad y la ficción han sido educados desde pequeñitos para hacerse cargo de esta absurda mentira, esta es la paradoja; se hacen cargo de la realidad los que viven en un mundo de ficción. La sociedad está construida en base a esta gran mentira. La Mentira Social. El gran engaño masivo nacional. Puta lucha de clases.

“Todo tiene una moraleja, sólo falta saber encontrarla”
(La Duquesa, en Alicia en el país de las Maravillas)

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  1. Fede

    Genial Carlos y muy deacuerdo en lo que respecta a los porshe cayenne.
    Fede.

  2. Gracias Fede. Me parecía que habia arriesgado mucho en lo de los coches… ¡uf!

  3. AdivInaTOR

    Amen. Cosas tiene la vida, desde hace un tiempecillo, llevo recordando eso de “ni guerra entre pueblos ni paz entre clases”.

  4. juan

    gracias Carlos por tu ALICIA de guerra y paz

  5. Alicia

    Gracias por tus palabras escritor que llegan como agua de mayo a mi alma insomne, me siento muy identificada con Alicia en su perplejidad ante la sinrazón. Una pregunta solo por mera curiosidad ¿tu quien serias en el cuento?

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