Paréntesis (Disfunciones orgánicas)

Puedo decir que he aprendido las mejores cosas del viento,
de las calles donde mis pasos quedaron grabados (todavía los escucho
cuando vuelvo a pasar años después y cuando tenga tiempo
para recordar y hacer coincidir aquellos pasos
con los pensamientos que les acompañaban, será como resolver la ecuación
de la vida propia,
el jeroglífico sentimental ya viejo y deteriorado pero permanente
en su obsesión
pasos, definitivos pasos hacia algún sitio que nunca llega a aparecer)

El viento que me acompañaba,
la abstracción total, custodiada por ciertos ruidos internos
que me han permitido ser consciente de mi propio pensamiento,
ruidos orgánicos, señales de un cuerpo imperfecto
(como todos, claro está), de una audición dañada
como las manchas en la vista me han hecho ser consciente de los objetos
de una forma diferente (sobretodo si el fondo es blanco)
(recuerdo cuando visité al oculista para consultarle
por las manchas acuosas en la vista y me dijo algo así como:
Mientras se muevan no te preocupes, no son más que residuos”.
Y yo pensé que me estaba hablando
de otra cosa, quizá
de mis pensamientos, me dio miedo, pensé que el oculista
había traspasado el muro frontal que me (nos) protege,
la coraza del verdadero yo, del hombrecillo ensimismado
que somos dentro. Con su ojo de luz podía ver dentro de mi más que yo mismo, quizá.
Así que si no se mueven, estás jodido.
Manchas inmóviles-pesadas piedras. Mientras flotan en el agua,
mientras vea bailar las manchitas todo va bien. Sólo son residuos.)

Ruidos decía,
(y me acabo de acordar de que esta noche
he soñado con Iker Casillas, menuda gilipollez, no se puede deliberar más que en contra,
en contra de un pensamiento autónomo que deriva
en absurdo, Iker Casillas, un hombre desolado por la fama
que yo rescataba de amigos indeseables, yo,
alma bondadosa y tierna, salvaba a Iker Casillas de los delirios de la gloria)

Ruidos,
y después de haber comenzado de una forma poética inmejorable
“he aprendido las mejores cosas del viento”
como un poeta new age, buscando el hueco en la fama corrompida, todo deviene
melancolía abaratada por las interrupciones discursivas,
por la falta tremenda de lirismo
versos de mierda (como versos, no como composiciones
narcisistas deliberadas)

Ruidos y ahora pienso que debe tratarse de este día también deteriorado
(no es el mejor día, he elegido mal día, vaya mierda de día)
(Como si los días fueran algo material tangible
y no una sucesión de avatares casuales)

El otorrino movió los hombros dándome a entender que el 25 por ciento de mi audición perdida
(20 por ciento en el oído izquierdo y el resto en el derecho, es incomprensible
tanta precisión
con una medición ridículamente corta y alterable, podía darle al botón cuando quisiera,
podía engañar al maldito botón)
lo que se ha perdido, se ha perdido, no hay causa, no hay remisión,
perdido está, jodidamente joven para perder el 25 por ciento
de audición, de esto ya hace años, ahora intento dormir sobre la oreja izquierda,
la del 20 por ciento porque si lo hago sobre la otra, la buena, entonces
me cuesta escuchar a mi hija si se despierta,
animales genéticamente preparados para vivir en deterioro
y, sin embargo, adaptados al medio, quejándonos como idiotas pero finalmente adaptados.

Ruidos, ya no sé que mierda iba a decir el joven-viejo poeta
new age, he perdido el hilo
no se puede escribir un poema si pierdes el hilo con tanta facilidad,
gilipollas, para eso deberías escribir haikus o nada, simplemente
así que voy a terminar y para terminar, otra de médicos, qué patético,
parece que estás contando chistes,
te has perdido más de lo que pensabas, otra de médicos:

Una anécdota, está sí, un poquito alterada por el tiempo, pues se trata de hace 27 años,
cuando el joven que era entonces (18 años) hizo su primera y última visita al dermatólogo
para intentar solucionar de una vez por todas el problema
del peine lleno de pelos
y el dermatólogo
mirándome seriamente a la cara me preguntó:

“¿Sabes qué es lo mejor que puedes hacer para conservar tu pelo?”

Tragando saliva dije: “Qué”
“Guardarlo en una cajita”. Y sonrió sin sonido, abriendo mucho la comisura de los labios,
como un Joker ridículo (y calvo) en bata blanca.

Y lo mejor de la anécdota es que la sonrisa del ridículo dermatólogo
estará irremediablemente bajo tierra, lo recuerdo
a punto de jubilarse, es imposible que haya durado tanto tiempo,
agarraría su calavera y le miraría como a un Yorick desagradable y patético
para decirle que no le hice caso, no le hice ni puto caso
no guardé ningún pelo en ninguna cajita
Pero tendría que reconocerle que consiguió el que quizá era su objetivo:
deteriorar aún más la deteriorada autoestima de un joven de 18 años

(¡Jódete, yo estoy vivo!)

Y me queda por decir, recordar, cantar, al menos para no deteriorar
aún más (y he repetido “deteriorar”
demasiadas veces como para no desmembrar definitivamente mi propósito
de construir un poético homenaje al viento y las calles)
que las calles siempre me han parecido tristes para recorrerlas en silencio
pero que jamás he podido sustraerme a esa dulce melancolía,
jamás
ni siquiera en mis sueños más ridículos
(Esta noche, sin ir más lejos, después de dejar a Iker Casillas
en la puerta de su enorme casa, recorrí las calles, el viento me acompañó, fui feliz
en mi absurda soledad ruidosa)

  1. e

    Lo que el médico quería enseñarte era un viejo haiku:
    Si el pelo ves caer, déjalo caer,
    si el amor ves crecer,
    alimentalo.

    supongo que nos lleva la vida darnos cuenta de que es mejor acompañar al viento en su juego y no pelearnos contra aquello que no podemos golpear.

    qué bueno leerte, amigo.

    e.

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