No está bien meterse con Caperucita

(Rescato un texto escrito el mes pasado para la revista El Milagrillo, que publica La Violeta, la escuelita donde va mi hija Celia.)

O, como decía un escritor en un artículo reciente, “No toquéis a Blancanieves”.

A todos nos ha surgido la duda de si contar o no algunos de los más conocidos cuentos tradicionales a nuestros hijos e hijas. Muchos de estos cuentos llevan una tremenda carga incorrecta para nuestra conciencia contemporánea (género, poder, miedos, venganza, clases sociales, etc.)
Es inevitable que nuestros hijos e hijas, con su ardorosa pasión por los cuentos y las historias, se tropiecen de vez en cuando con alguno tradicional de los llamados “difíciles” (sin ir más lejos, en la consulta del dentista…). Difíciles de contar, difíciles de defender con alguna pasión (¿Por qué el ladino, servil y tramposo gato con botas, le arrebata de malas maneras el castillo al ogro, cuyo único delito es vivir solo y tranquilo en su mansión…? ¿Por qué, a pesar del engreído y supuesto final feliz, el patito feo no-tiene-mamá? ¿Le habrá abandonado…? ¿Y qué decir de Blancanieves o Cenicienta…? ¡uf!)
Es difícil enfrentarse a estos cuentos (o polemizar sobre este asunto con abuelos y abuelas, cuando para muchos de ellos representan el retorno a la feliz infancia), porque reproducen algunos esquemas, relaciones sociales y valores que, hoy día, nos espantan.

Hay una extendida práctica contemporánea que consiste en rebelarse contra los cuentos tradicionales como si se tratara de una instancia del Poder que hay que derribar a toda costa. La mejor forma de hacerlo, y ya que nuestros hijos se tropezarán con ellos, no pasa por obviarlos sino por trasformarlos a nuestro gusto, muchas veces “humillándolos” como si fueran responsables del estado de las cosas, dándoles la vuelta a los contenidos, a los argumentos, a las reacciones y comportamientos de los personajes, a las moralejas.

Yo no soy un especialista en cuentos infantiles. He leído algunas cosas por mi trabajo con chavales y, sobretodo, me interesa saber y conocer más, ahora que soy padre. Me encanta inventarme cuentos para mi hija o contarle alguno de los muchos que tenemos en casa, hoy día se puede elegir entre una gran variedad de ellos, originales, hermosos, bellamente ilustrados. Pero me pregunto el porqué de esas historias que han sobrevivido al tiempo, a los siglos e incluso los milenios (Hay Blancanieves en el antiguo Egipto y otros lugares del mundo antiguo sin que, aparentemente haya habido una relación entre ellos) y se han plantado ante nuestras narices para confrontarnos con nuestros prejuicios y planteamientos sociales. Me pregunto si debo o no contárselos a mi hija.

Antonio Rodríguez Almodóvar, el escritor del que hablaba al principio (premio nacional de literatura infantil y juvenil), defiende la integridad de estos cuentos tradicionales porque tienen una fuerte carga simbólica y arquetípica y porque son relatos que aún habiendo evolucionado a lo largo de los siglos, conservan la semilla de una importante enseñanza humana.
Y cuando se dice integridad, creo entender el respeto a los elementos originales de cada cuento, sin variar contenidos y mucho menos conclusiones.
Lo arquetípico nos cuenta algo del ser humano que está más allá de lo racional, científico y empírico, algo que nos une a las culturas milenarias… Algo humano que prevalece al tiempo.
Y lo simbólico es la esencia del arte: algo que representa una idea diferente a lo que el objeto en realidad es. Algo que hay que interpretar. Lo que el arte tiene de fuerza y poder viene de su carácter simbólico, creo yo.

Sin embargo, a poco que se investigue, uno se da cuenta de que los cuentos tradicionales no lo son tanto… Me explico. Todos están pasados por un filtro o tamiz. El de los hermanos Grimm, el de Perrault o el de Andersen, por ejemplo.
Estos escritores son los responsables de la “actualización” de la mayoría de los más famosos cuentos tradicionales (Caperucita, Blancanieves, Cenicienta, la bella durmiente, Hansel y Gretel, Pulgarcito, el gato con botas, el patito feo… entre otros). Es decir, lo arquetípico y simbólico está pasado por el filtro de los siglos XVI y XVII…
Y hay un filtro más cercano: con la llegada del cine, los cuentos son re-interpretados por “magos” como Walt Disney. Su interpretación y los elementos incorporados contaminan las historias de una manera que es difícil discernir lo original.
Porque ¿Dónde está lo original?
Estos cuentos eran bastante más crueles y duros que los que conocemos ahora, de hecho, los hermanos Grimm escribieron los cuentos no para niños, en principio, sino para adultos. Y, ante los problemas que les generaban, fueron suavizando los temas y decidieron acomodarlos al público infantil… y a la moral de la época. Las madres, por ejemplo, eran sustituidas por madrastras, porque no estaba bien visto eso de abandonar a los hijos en bosques oscuros, rivalizar con ellos, emponzoñar las relaciones entre hermanos, etc.; el lobo dejó de darle a probar a Caperucita la carne y la sangre de su querida abuelita, como ocurría en el original; y las venganzas no eran tan bestias (la madrastra de Blancanieves era obligada a bailar con unas zapatillas de hierro al rojo vivo hasta morir…)
En realidad (y esto es una suposición) es probable que los hermanos Grimm y Perrault, lo que hicieran fuera dulcificar las cosas horribles incorporadas a los cuentos durante la edad media (sangre, castigos brutales, hierros candentes, etc.) y sobretodo, eliminar los detalles incorrectos para la moral de la época (había muchas referencias sexuales).
Es decir, cada época ha administrado sus propios filtros a los cuentos arquetípicos y simbólicos y ha incorporado nuevos elementos contemporáneos. Que es lo que ocurre a lo largo de los siglos y milenios con todas las grandes historias universales: se trasmiten pero incorporando nuevos elementos, contaminándolas…
Entonces, ¿Por qué nuestra sociedad no puede “tocar” a Blancanieves? ¿Por qué no podemos introducir ciertos “matices” que no hagan tan extraña la lectura del cuento? ¿Qué es lo que se puede y debe conservar, hoy día, de estos cuentos?
Todos sabéis por experiencia que en el imaginario de los niños aparecen como por arte de magia y con gran poder de seducción, los dragones, las princesas, las hadas, los duendes, etc.
Que Caperucita terminará apareciendo como decía, y con él, lo más importante y seductor de la historia: el lobo, ese ser “intrínsecamente” malo, peligroso y que merece un castigo acorde con su maldad (Y del cual, dicho sea de paso, la mamá no ha prevenido o protegido suficientemente a Caperucita…) .

A veces escucho a mi hija Celia y tengo la sensación de que necesita que haya peligros y lobos malignos en las historias, que necesita esas emociones claras, nítidas, para confrontarse con ellas.
Al margen de otros análisis actualizados, creo que hay algo mucho más importante en ellos que un posible conflicto de género o cualquier otro social. Lo que representa el lobo, el bosque oscuro, la madrastra maligna, etc., por ejemplo, no son otra cosa que los peligros que nos acechan (que acechan a nuestros hijos) y de los que deben estar prevenidos. Lo que significa la “ausencia de madre” en los cuentos no es otra cosa que la prevención ante la ausencia real y lógica que sucederá (obviamente hace varios siglos había más probabilidades de quedarse sin madre pronto que ahora, pero también “nos quedamos sin madre” cuando nos independizamos, o cuando, antes o después, nos enfrentamos en soledad al mundo…) Supongo que esos peligros se han ido suavizando con los siglos y antes sería necesario prevenir a los niños cuanto antes frente al mundo de lobos en el que iban a sobrevivir… Pero ¿Acaso han dejado de existir “los lobos”…? ¿No debemos también ahora mostrar a nuestros hijos e hijas, aunque sea de forma simbólica, las rupturas de la armonía a las que irremediablemente se han de enfrentar…? No se trata, por supuesto, de meterles el miedo en el cuerpo. El arte, la literatura, plantea un mundo simbólico que sabemos que no es real pero que representa la realidad. Los cuentos comienzan a estructurar parte de ese universo simbólico que es nuestro yo. Y no se trata sólo de nuestro personal universo, sino también de un universo social. Y ahí hay que incluir también los peligros, los conflictos.

En cuentos como Blancanieves o la Cenicienta, la protagonista lo lleva crudo a lo largo de la historia hasta que aparece el príncipe salvador. Pero el conflicto de estos cuentos no está ahí, en ese detalle aparentemente machista, sino en la traición, en la envidia de un ser aparentemente querido, etc. En una suerte de lucha entre el bien y el mal. Incluso, más allá, en la historia de una dura emancipación. Y en una resolución a través de un encuentro con “otro”, sorprendente, luminoso, feliz. O, como señala Rodríguez Almodóvar: “Observen cómo ese final incluye todo un matrimonio interclasista y por amor, que no es ninguna nonada, entre costumbres que todavía hoy sujetan a muchas niñas a repugnantes matrimonios concertados…”
Muchas veces se tacha estos dos cuentos como inaceptables desde el punto de vista de género. Pero si uno indaga con cierta profundidad, descubre algunos argumentos demoledores contra estos prejuicios: En el libro “No se lo cuentes a los mayores. Literatura infantil, espacio subversivo”, Alison Lurie cita a Robert Graves, que apunta que la mayoría de los cuentos tradicionales forman parte de culturas e ideologías matriarcales. Y dice: “En la obra original de los hermanos Grimm Cuentos de niños y del hogar (1812), hay un total de sesenta y un personajes entre mujeres y niñas que ostentan poderes sobrenaturales, en contraposición a veintiún hombres y niños; y de estos personajes masculinos, la mayoría son enanos y seres no humanos.” Toma ya.

Creo que hay, lógicamente, residuos ideológicos en los cuentos tradicionales que nos chocan, pero el verdadero meollo del cuento está en un lugar diferente, representando universales y eternos conflictos humanos.
Hoy día rechazamos con displicencia estos cuentos antiguos, podemos elegir para nuestros hijos e hijas muchas y muy diferentes historias, variadas, ricas, radicales, contemporáneas, etc. Las hay a patadas, y si no, nos las podemos inventar, aparentemente no tenemos que “vencer la moral de la época”. Pero sólo aparentemente. ¿No será el exceso de miramiento ideológico nuestro impedimento moral hoy día? ¿No será lo políticamente correcto (lo que cada uno considere que es eso…) nuestro filtro de hoy día, el que nos impide ver la verdad oculta de los cuentos, tergiversar su sentido y, lo peor de todo, privar a nuestros hijos e hijas de una valiosa enseñanza?
Preguntas. Tampoco tengo claras las respuestas, no os creáis.

Pienso que en realidad lo que radicalmente deberíamos hacer es rescatar (seguro que alguien lo ha hecho) estos cuentos antiguos, antes de haber pasado por los filtros victorianos y demás.
Llegar hasta su origen (quizá ver bailar a la madrastra (o a la mamá) con zapatillas al rojo vivo, es un poco bestia, aunque hay que reconocer que como imagen artística es fantástica… pero, por ejemplo, el final de La Bella Durmiente era el nacimiento de dos hermosos nenes, fruto del apasionado despertar en brazos del príncipe… No sé si la pasión vino de la belleza del muchacho o por llevar ella tantos años sin el “asunto”) Creo que para ser más radical y encontrar la enseñanza milenaria que encierran, deberíamos volver a ellos, mirarlos con objetividad, incluso con cariño, limpios de prejuicios. A lo mejor llegamos a la conclusión de que en verdad no nos interesan pero ¿Por qué no intentarlo?

Yo por mi parte sigo investigando… y mientras, voy jugando con estos cuentos, experimentando, … Mientras le cuento alguno a Celia sin obviar las partes, digamos, escabrosas, observo atentamente su reacción, intentando respetar lo que creo que es su esencia y mensaje, aunque sin poder evitar aplicar mis propios filtros contemporáneos; cosas como, (que los hermanos Grimm me perdonen), una coda final a Caperucita: Una vez devueltas Caperucita y su abuela al mundo de los vivos, hay un fin de fiesta con una barbacoa con lo que ha cazado el cazador y con toda la familia del lobo…

Y termino, con una cita de Paul Auster, de su estupendo libro “Experimentos con la verdad”:
“Creo que los cuentos infantiles, la tradición oral, son los que han ejercido la mayor influencia sobre mi obra. Me refiero a los hermanos Grimm, Las mil y una noches, el tipo de historias que uno lee en voz alta a los niños. Son narraciones descarnadas, casi desprovistas de detalles, pero al mismo tiempo transmiten grandes cantidades de información en un espacio breve, con muy pocas palabras. Creo que los cuentos de hadas prueban que es el lector –o el oyente- quien en realidad se cuenta la historia a sí mismo. El texto es sólo un trampolín para la imaginación. “Había una vez una niña que vivía con su madre junto a un gran bosque.” Uno no sabe qué aspecto tiene la niña, de qué color es la casa, si la madre es alta, baja, gorda o delgada; no sabe casi nada. Pero la mente no permite que estos datos permanezcan en blanco, ella misma los llena de detalles, crea imágenes basadas en sus propios recuerdos y experiencias, y por eso estos relatos hacen tanta mella en nosotros. El oyente se convierte en participante activo de la historia.”
Entre otras cosas, querido Paul, entre otras cosas.

Un Comentario

  1. Almudeña

    Hoy he leído con mis alumnos una lectura sobre otra hiistoria de Caperucita. Resulta que cuando Caperucita iba hacia casa de sau abuelita cruzo el bosque y allí se entretuvo con las mariposas, e le hizo tarde y empezó a tener hambre asi que se zampo todo lo que había en la cespita que llevaba a su abuela. ¡Que iba a hacer ahora! ¿Que le iba a contar a su abuela o a su mama?. pues aquí la listilla de Caperucita llega corriendo a casa de su abuelita diciendo que el lobo le ataco en el bosque y le robo la cespita.¡Pobre lobo! ¡Que mentirosa CAperucita!.
    A mis niños les ha encantado esta versión y además han aprendido que no se debe de mentir porque en este caso el pobre lobo sin comerlo ni beberlo iba a ser acusado de algo que no había hecho.

    También mi di cuenta el otro día que tenemos costumbre dos a los niños de ahora a que los cuantos tengan un final feliz . cuando les conté ja historia de Juan Ramón Jiménez de Platero no se podían creer que el barrio muriera. Por eso cuando les dije si les había gustado un niño me djo “al 50% porque yo creía que todos los cuentos acababan bien, pero aunque no tiene un final feliz es una historia preciosa”.

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