Mitos

Larry Clark
Playing Kung Fu in the Park, 1975
Edition of 25
Black and white photograph
14 X 11 inches (35.56 X 27.94 cm)

No puedo saber qué es lo que pensará, después de tantos años,
tampoco lo supe en realidad creo que nunca,
yo era bastante más joven que él, demasiado apocado y tímido
y él era extrovertido, machito, ruidoso.
Me quedaba boquiabierto mirándole,
durante un tiempo vivió en una tienda de campaña,
al lado de casa de su abuela (mi tía-abuela), joven melenudo
de vaqueros ajustados. Yo, con pantalón corto, le miraba fascinado.
Sólo intuía una cosa, por mi
y por los comentarios y conversaciones de mis padres y mi tía:
era noble, bondadoso. Y su sonrisa eterna y blanca
era algo más que un gesto, era “verdad”.
Después de una lenta y triste agonía en casa,
y de tres días de inconsciencia en el hospital,
su padre murió sin que pudiera verlo vivo alguna de sus últimas horas.
Hacía casi dos años que no veía a sus padres,
por oscuras y prosaicas razones que no vienen al caso.
Pero pensé que las últimas horas de la vida de alguien,
ser querido, aun venido a menos, el Padre,
por más que se hayan reducido los galones de rango,
esas horas establecen una tregua
en las batallas
familiares, en las estrategias irracionales del desapego,
de los principios
y las voluntades.
El joven noble y bondadoso, hippy rural en otro tiempo,
guardia de seguridad desde hace años,
no asistió por voluntad propia al último pasaje
de su anciano padre en esta tierra.

Hace mil años que no le veo
y me imagino que su imagen me sorprendería
como sorprenden
los fantasmas
que aparecen a destiempo,
irónicos e inquisidores;
fabricando preguntas que enloquecen el sentido.
¡Dios mío, que mayor está! ¡Cómo ha cambiado!
Como si los síntomas en el otro fueran otra cosa diferente
a nuestra propia muerte
frente al espejo.

Pero ¡Ah!
creo que quedan lazos invisibles que nos unen
y que darían cierta comodidad frente a un par de cervezas
y un resumen extraordinariamente rápido de nuestras vidas.
Daría paso sin dudarlo a mis incertidumbres por su ausencia
en el acontecimiento luctuoso.
Sería capaz de mirarle a los ojos y preguntarle:
¿Por qué no fuiste?
¿Por qué no estabas allí, saltando por encima de las viejas heridas
de guerra familiar, tampoco tan tremendas, tan irresolubles?
¿Qué pensaste cuando sabías que tu padre moriría en pocas horas
y decidiste que ya no le verías vivo?
Y me haría ver las razones,
sí, prosaicas, seguramente,
pero maquilladas de orgullo y matices dramáticos
(cuánto de impostado hay hoy en esto,
cuánto de lenguaje televisivo, melodrama de cartón-piedra)
y, aún habiendo en esta historia síntomas de tragedia griega,
de drama americano de los 50,
se que no se trata de eso.
Es más o menos que eso. Otras tragedias,
incorporadas a eso que llamamos signo de los tiempos,
Livianas e irreconocibles tragedias, sin brillo, casi sin materia,
que hablan de desasimiento, del desapego a entidades míticas
como la muerte de un Padre. O la muerte, simplemente.
El desconocimiento del valor del gesto sin cuerpo. La presencia.
El acto, la luz de las señas rituales.
Todo lo que hemos perdido, casi de forma irreversible.
Lo dejaríamos correr,
¿Quién soy yo para dar lecciones morales
a un personaje, de cualquier manera, desconocido?
Nuestra propia relación (no-relación) es también otro síntoma,
esa familia desestructurada,
deshecha tristemente por la distancia y el tiempo.
Es difícil de imaginar. Otras cosas. Otras historias.

  1. nines martín

    “maquilladas de orgullo y matices dramáticos… ” aquí hay chicha, morrosco… ese ofuscamiento por darnos no sé qué importancia o esconder la vulnerabilidad frente al otro… o no sé que sarta de justificaciones para no encontrarnos frontales a la obviedad de lo que se siente, a veces inconmensurable, insostenible por lo que duele… recursos de animal humano huidizo de sí mismo por la necesidad de seguir hacia delante, …sí sí, ‘humano’, eso he escrito…
    …y así se va llenando el cubo de mierda sin procesar, entretenidos en recorridos de laberintos inventados, empeñados en mediar con la mente lo que le es propio al corazón, ofuscados, otra vez, por no querer ver que el camino bueno es del tamaño de un desierto…

    y pretendías realmente dar lecciones morales? no lo creo. La muerte de un padre no es solo la muerte, es además!.
    Esos gestos no se pierden, te los has quedado tú y tus hermanos y te sorprendes repitiéndolos cuando te ves en un vídeo o sencillamente al mover las manos. Subsisten, los dejamos en herencia a nuestros hijos y amigos, se contagian…

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