Evocación del vacío

Work 850. Martin Creed.

Llegaremos un día a la sala de exposiciones, la galería o el museo y el espacio estará totalmente vacío; no habrá sido manipulado ni trasformado por el artista; además el nombre de éste no aparecerá por ningún sitio, no será posible saber de qué artista se trata porque no habrá ninguna información sobre él. Tan solo por Internet será posible “descubrir” que se trata de alguien que deliberadamente ha desaparecido como personaje artista y ha hecho desaparecer el objeto de su obra: esa es la justificación conceptual de la no-exposición.

Y mientras escribo esto recuerdo la Bienal de Sao Paulo de hace unos pocos años; la mayor parte del edificio expositivo estaba vacío para señalar, decían, la crisis del arte actual. Digo “la mayor parte” del edificio, pero no así de la propia Bienal que contaba con obra en otros espacios, charlas, conferencias, etc.

Pero lo que yo imagino se trata del vacío total, de la ausencia total de obra e incluso artista. La exposición de la nada. El ridículo deambular de los espectadores por los pasillos, galerías, recovecos y estancias de un lugar vacío.

Eso es lo que pensé este sábado al recorrer la exposición de Martin Creed (¡20 años de trabajo!). Apenas da para pararse unos segundos en cada obra, al menos eso es lo que me pasó a mi; entonces, cuando, antes de darme cuenta ya había terminado de ver todas las obras y me encontraba de nuevo en la puerta de entrada, fue cuando pensé en esa hipotética posibilidad. Lo segundo que pensé fue que seguro que en algún momento ya haya sido llevada a cabo. Ya sólo falta que la obra desaparezca totalmente para… ¿Para qué? no lo sé, para llegar a la culminación de prácticas artísticas conceptuales mínimas, imperceptibles en su planteamiento, o… para conseguir llegar al último peldaño del ingenio perturbador o simplemente radical en su búsqueda de notoriedad (y dinero)

Es extraña la exposición de Martin Creed. Mejor: fue muy extraña mi reflexión y mi sensación viendo la exposición. Tuve la “desgracia” de leer la crítica de Fernando Castro Flórez  esa misma mañana en ABCD, una crítica demoledora, de las más duras que le he leído en los últimos tiempos: “una perfecta idiotez”, “la estética de lo obvio”, “Martin Creed es uno de los artistas actuales más reconocidos, con una de las obras más obtusas y penosas que pueda imaginarse”. Queda claro, ¿no?  Después de ver la exposición (y mientras la veía, qué desgracia, repito, leer la maldita crítica antes de ver la exposición, a pesar de que respeto a este tío, Castro Flórez, qué me importa a mi la opinión academicista de tal o cual señor… la realidad es que no lo pude evitar y entré mediatizado o idiotizado por lo que había leído, es inevitable), después de ver la exposición, sin embargo, tuve que reconocer que era bastante cierto lo que se decía de él (artista) y de ella (exposición). Pocas veces he visto algo con tan insustancial y pobre justificación formal, ideológica; artística, al fin y al cabo. (Se entiende que “de un artista consagrado y valorado” claro, puesto “en lo alto”, si no, no tendrían fundamento ninguna de las extensas críticas y opiniones)

Al día siguiente me desayuno con Vargas Llosa, que es un señor que, al igual que Javier Marías, dice y habla de cosas que a lo largo de la semana no podría ni tendría tiempo ni ganas de prestarles atención, pero vaya, con el tranquilo café de un domingo, no lo puedo evitar. Y me hacen el mismo efecto que el café: me estimulan, me obligan a reaccionar, casi siempre a la contra.

Pues bien, Vargas Llosa reseña un libro que no conozco que habla del mundo del arte contemporáneo. Como siempre, para ejemplificar el “sinsentido” del arte contemporáneo, su vacuidad o lo desmesurado de su cotización, se cita a Damien Hirst (aunque no da su nombre sino su conocida obra “For the love of god”, la calavera cubierta de brillantes (74 millones de euros…) ). Le faltó el otro despreciado y amado de estas críticas demoledoras del arte contemporáneo: Jeff Koons.

Da la casualidad que de los contemporáneos, Llosa sólo nombra a Michael (sic) Reed y la obra con la que ganó el premio Turner, el más prestigioso y polémico de los premios de arte contemporáneo; se llamaba The Lights Going On and Off”, luces encendiéndose y apagándose, que era efectivamente una habitación vacía y las luces se encendían cinco segundos y se apagaban otros cinco. Hubo mucha polémica con esta obra, puesto que se premiaba la ausencia de algo “tangible”, puesto que ni siquiera se trataba de unas luces especiales, sino de las propias luces de la sala de exposición. Y el premio se lo dio Madonna.

A mi esa obra siempre me pareció muy sugerente, muy evocadora (del vacío) y ejemplifica el paso previo a lo que decía al principio: la representación del vacío o la llegada a la estación previa a la terminal del trayecto artístico. Se acabó el arte, tal y como lo conocíamos hasta ahora, ya sólo quedan volátiles ideas. Gracias por su compañía, hasta la próxima.

Y también me gustaba aquella de los atletas corriendo a toda leche por la Tate Britain, con una cadencia de 30 segundos.

Pero esta exposición me dejó perplejo, por su vacío, por su falta de humor, por su levedad intrascendente, por su, sí, tristeza; porque es verdad que una hoja DINA 4 hecha una bola en una vitrina, tal cual, parece cuando menos una tomadura de pelo, más cuando un poco más allá, hay otra vitrina con una hoja DINA 4 hecha pedacitos, y así todo el rato. Por no hablar de sus pinturitas hechas con los ojos cerrados. Caray. Pero más allá de lo concreto y puntual de cada una de las “obras” expuestas, la sensación que tuve es de que nos encontramos al final de algo. “Si estoy en esta sala, viendo 7 clavos de diferentes tamaños clavados en la pared, es que algo que no entiendo está pasando”. Uno puede pensar que se trata simplemente de “el gran timo del arte contemporáneo” pero si intentamos ir un poco más allá (¿Cómo demonios ha llegado esto aquí??) puede que nos demos cuenta que el gran vacío que representa cierto arte contemporáneo, o su levedad, no es otra cosa que el vacío perplejo de nuestras vidas y acontecer contemporáneo. Vale, de acuerdo, es que eso no da para justificar una obra, así, tal cual, pero es que una vez que salí de la sala de exposiciones me di de bruces con la calle de Alcalá desembocando en Sol un sábado por la tarde previo a la navidad, y no se me ocurrió otra cosa que deambular hasta el mismísimo Sol y juro por lo más sagrado que tuve que dar la vuelta porque desde el 15M no había visto la calle tan petada.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Pues no lo sé. Quizá tenga que ver con un Gran Deambular por un vacío impotente, trátese de una galería de arte o una galería comercial. El vacío. Lo invisible que ya somos. Lo intrascendente que es al final, todo lo que supuestamente señala trascendencia. Pensé en la Navidad. Pensé que se parecía al mundo del arte. La Navidad significa una cosa (trascendente), pero la mayoría de los seres humanos que “celebramos” la Navidad, practicamos algo opuesto a aquello que supuestamente significa (intrascendente). Pues igual el Arte: se supone que se trata de una manifestación “trascendente” del ser humano, lo más alto que éste puede tocar y disfrutar pero resulta que en nuestro quehacer cotidiano la mayoría buscamos cada vez más placeres intelectuales o físicos bastante más prosaicos, simpáticos, triviales, “entretenidos” (qué tontería, quizá ha sido así toda la vida). Pues creo que así lo ha entendido una parte del mundo del arte contemporáneo. Y se aprovecha de ello, infiltrándose en los sesudos espacios artísticos, aquellos que señalan el arte como algo sacrosanto y superior.

Había recortado varias entrevistas de Martin Creed, sin haber visto nada de su obra. Me llamaba la atención su desmitificación del quehacer artístico, y me gustaba su mirada y su falta de prejuicio para nombrar lo más trivial del arte, utilizando palabras como “decoración”, entretenimiento”, etc. O frases como esta: “Si me forzaran a usar un término para mi trabajo, lo llamaría expresionismo porque creo que todo artista se expresa en las cosas que hace”. Toma ya. Se puede pensar que le está tomando el pelo al entrevistador o que realmente es un artista gilipollas colocado en lo más alto por otros que son los que verdaderamente nos toman el pelo mientras se llenan los bolsillos de billetes.  Pero yo pienso otra cosa, fíjate. Pienso que lo dice “en serio”, que en realidad se trata de un don nadie, falto del talento supremo que se le presupone a un artista aclamado internacionalmente, pero convencido de que lo que “lleva dentro” puede ser mostrado a un público, dado a conocer, compartirse, sin más pretensión. Y empeñado en ello. Podría hacer lo mismo mi vecina de abajo, si quisiera, por qué no. A veces creo que lo que define a un artista es su obsesión por mostrar, más que lo mostrado. Porque la obsesión por mostrar lleva implícita un trabajo arduo y paciente para llegar a la consecución de la obra, aunque esta sea una gilipollez. No lo sé. La exposición me dejó espacio para reflexionar, para dudar, para removerme. ¿Se puede pedir más? Sí, seguro que sí, pero a mi me pareció suficiente.

Lo que sí sé es que estoy cansado del Arte, con mayúscula; aquel que supuestamente nos alecciona y nos hace sentir pequeñitos y ante dioses omnipotentes; o de aquel que nos hace sentir idiotas o absolutamente perplejos, demasiado perplejos; o de aquel que en su cripticismo es inaccesible hasta para los más avezados conocedores; O de aquel que necesita de nuestra respuesta justificada intelectualmente para cobrar sentido; o de aquel que no hace más que aleccionar y dirigir el pensamiento pseudosocial o pseudopolítico (este del que más. Justo esa tarde quería ver la instalación de Santiago Sierra pero me parecía mucho para el cuerpo). O quizá es que estoy cansado, así, en general.

Un sábado por la tarde me acerco a Madrid y por inercia elijo lo que llevo eligiendo desde hace miles de años: consumir un producto cultural, nada más. Y me alejo del mundo. Y me canso.

PD.: He visto la web de Martin Creed. He rastreado por internet. Creo que la exposición de Alcalá no le hace justicia y presentarla como una amplia retrospectiva es una exageración y además el espacio está feo. ¿Culpa de Creed? ¿Culpa de la comisaria? No, seguro que, como siempre, la culpa es de Esperanza Aguirre.

Work 878. Martin Creed.

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