Sobre la indignación globalizada

“Cada vez veo a más personas voluntariosamente aquejadas del mismo sufrimiento universal (…) Gente que, si carece de motivos personales para sentirse desgraciada, los busca (y, claro está, los encuentra) en los lugares más recónditos de la tierra. Se podría pensar que son seres con una empatía desmedida, hipertrofiada, que- por raro que parezca- padecen con igual intensidad las desdichas de sus padres o hijos que las de los perseguidos disidentes chinos, los apaleados monjes birmanos y los niños desnutridos que pueblan África”
Javier Marías

Javier Marías es uno de nuestros grandes narradores contemporáneos. Tiene las virtudes de escribir bien, vender muchos libros y ser un respetado escritor tanto fuera como dentro de nuestro país. Desde el punto de vista literario es blanco de críticas, referencias, deslumbramientos, desprecios, etc. de lo más variado, sobretodo en la red (compite en estas lides con otro gran pope de nuestras letras, Enrique Vila-Matas). Yo, desde mi humilde ignorancia, poco puedo y quiero decir sobre Marías escritor, sólo la banalidad de que he leído cosas suyas que me han gustado y otras que no.
La otra faceta de Marías es la de columnista de referencia del País Semanal. O polemista o “agitador”, pues muchas veces lanza dardos bastante afilados contra todo lo políticamente correcto (o incorrecto, nunca tengo claro dónde está su sitio). Su “zona fantasma”, así se llama la columna, la leo de vez en cuando y aunque no me interesa demasiado su afán polemista (afán por otra parte, inteligentemente medido para ser digerido por consumidores dominicales), me llama la atención una característica de lo que escribe y, universalizando, de una parte del periodismo español, que se ha contagiado a la red y a su máximo exponente de opinión, los blogs: las estrategias para cocinar los temas al gusto, tergiversando con su simplificación la realidad, que no permiten ni admiten dudas y utilizan un ambiguo-antiguo “dicen algunos…”, cogiendo como ejemplos a personas o grupos de personas sin nombre y sin rostro, poniendo atributos a “fantasmas” que no pueden defenderse aunque es probable que la mayoría de ellos directamente no existan. Esto es característica intrínseca de cierto “espíritu español”, una suerte de patología polemista camuflada de reivindicación social o algo por el estilo. Es curioso, porque, a veces, uno puede estar aparentemente de acuerdo con Marías pero ponerse en su contra por la forma y vehemencia con que argumenta (o no). Eso es lo que me pasa a mi y quizá ese sea su objetivo.

El extracto de arriba es de la columna publicada por Marías el domingo 13 de noviembre de 2011. En ella habla de “una poeta”, sin citar el nombre, extrayendo frases de un artículo publicado por “ella”. Supongo que Marías, a pesar de que escribe a máquina y parece de costumbres antiguas, sabe de sobra que en tres segundos y cogiendo una de las frases que cita, te aparece en google el nombre de la autora. “Ella” es Chantal Maillard y este es el artículo aparecido en Babelia. Da la casualidad de que yo lo tenía recortado y guardado, porque me interesó, como casi todo lo que escribe Chantal Maillard, que me parece una de las voces poéticas más interesantes que hay ahora mismo en España.
Creo que Marías tergiversa, manipula y sobretodo, para mi lo peor, ridiculiza una opinión obviamente discutible pero directa y sincera, como no puede ser de otra manera viniendo de Chantal Maillard. Ella habla de “indignación” y así se titula su artículo. Entiendo que se trata de un posicionamiento transversal que hace referencia al movimiento indignado, añadiendo razones al malestar general, razones que en principio pueden parecer más o menos ajenas pero que abren el abanico espacio-temporal de nuestras variadas indignaciones cercanas. En ese sentido, Maillard se une a la ola de reivindicaciones y slogans personales, tan característico y sano del movimiento 15-M. El mensaje es conciso y radical. El artículo arranca considerando que la indignación verdaderamente democrática debe ser universal puesto que “el demos, el pueblo, en época de globalización, se extiende mucho más allá de nuestras pequeñas fronteras, personales y políticas”. La indignación debe abrirse a todo sufrimiento humano e incluso animal. Si Marías ofreciera una discrepancia menos airada, burlona y más respetuosa, vendría a decir que ve difícil esa universalización del sufrimiento y, la clave del artículo, que ese sufrimiento, multiplicado por tantos millones de personas y situaciones, vivido en carne propia nos imposibilita para ser felices y nos convierte en “dolientes y absolutos inútiles”.

No me parece que el artículo de Chantal Maillard pueda dar lugar a semejante reacción y conclusiones, como dice al final Marías: “Por lo menos dice mirar, y no nos envía a la jungla a todos, sin taparrabos.” No me parece la intención ni la idea de Maillard. Creo que ofrece una nueva perspectiva a la Indignación, un recordatorio más allá de nuestra reivindicación de “democracia real ya”, “ni piso, ni trabajo”, etc.  Intenta hacernos responsables de una denuncia de la injusticia universal y también nos demanda “mirar” para encontrar ejemplos de actitudes frente a la vida, más respetuosas, más “orgánicas”. Escuchar nuestra naturaleza y a aquellos que, en la distancia, en los márgenes, conservan todavía hermosos espacios de convivencia.

(Si bien es cierto, como dice Marías, que los animales “andan depredándose”, no es menos cierto que, como decía Genet, la violencia es intrínseca a la vida pero la crueldad sólo patrimonio del ser humano.)

Es una obviedad decir que indignarse, particular o universalmente, no es incompatible con una actitud vital positiva, con el gozo de vivir, con el disfrute. Con, incluso, la felicidad. (Tiene gracia, porque leyendo su columna, Marías da la imagen de un gruñón, siempre protesta por (casi) todo, indignado por los malos usos del lenguaje, del mal uso de la calle para protestas, manifestaciones, las procesiones de semana santa, la política, la televisión, Internet, etc. Sería fácil decir, utilizando su propia técnica: “ese señor Indignado que escribe en la última del país semanal y que siempre está enfadado”.)

Chantal Maillard tiene a bien, por otra parte, indignarse a menudo, pero a través de la radical palabra poética, que es mucho más estimulante.

Vuelvo al principio, a la cita del artículo de Marías, que es lo que en verdad me interesa: La mirada a esas partes del mundo que nos son especialmente ajenas, por distancia, por cultura, etc., pero por las que muchos nos sentimos afectados, conmovidos, involucrados, aunque sólo sea en el sentido de una empatía (no desmedida, no hipertrofiada, como dice Marías) sino más bien confusa, contradictoria, diría que ambigua, pues el sufrimiento que observamos (es casi imposible no hacerlo) nos resulta terrible y provoca un breve cortocircuito en el trascurso de nuestras vidas plenas y en eso tan sutil que llamamos conciencia. ¿Cómo le hacemos frente a eso, a ese extraño sentimiento? Una manera es a través de la palabra, volcando, al menos, nuestra indignación en ella.

Pero es que en nuestro hiper-conectado mundo, la realidad se acerca y se aleja de forma inaudita, a través de los medios y también desde luego, desde la facilidad actual de pisar el terreno y observar de primera mano los padecimientos de los otros, las distancias abismales entre nuestras vidas y las de “ellos”. Viajar hoy fuera del mundo occidental conlleva unas posibilidades bastante altas de ser espectador de primera fila de la miseria profunda, de la opresión y de la violencia, de la desigualdad más extrema. No es tan difícil. Sobretodo, si uno pone un pequeño esfuerzo por “comprender” qué es lo que hay más allá de los breves paraísos de ocio y placer que se ponen a nuestra disposición. También provoca un fuerte cortocircuito la observación de los “paraísos perdidos”, los espacios de convivencia familiar, la relación con la naturaleza, el sentido del tiempo, la generosidad, etc. Quizá todo eso está presente en Chantal Maillard, en sus reflexiones y puntos de vista, puesto que ella vivió en India y tiene una fuerte relación con su cultura. Un libro bien hermoso y que refleja esa fascinación-perplejidad-conflicto ante los otros mundos son los “diarios indios”, que recomiendo leer a todo el mundo (y a Marías).

Marías no nombra a los responsables de su enfado, pero sí lo hace, ejemplificando de manera para mí un tanto banal, los posibles motivos de la indignación de los otros. “Los perseguidos disidentes chinos, los apaleados monjes birmanos y los niños desnutridos que pueblan África”
Al nombrarlos de esta manera puede que no sea su intención restarles importancia, pero de alguna manera vulgariza y vacía de contenido los tremendos conflictos de los que habla y sobretodo los efectos que legítima y justificadamente pueden causarnos. (Por no hablar de lo que puedan pensar los chinos, birmanos y africanos que puedan leer sus palabras…)

En un viaje por Birmania tuve ocasión de hablar con muchos monjes. La mayoría de los birmanos, sobretodo los hombres, pasan una o varias temporadas en los monasterios, fundamentalmente hijos de familias pobres y que no tienen posibilidad de ofrecer una educación a sus hijos. En los monasterios aprenden a leer y escribir.
Las personas con las que más trato tienes al visitar Birmania son los monjes, puesto que además de ser muchos y estar por todas partes, siempre están dispuestos a conocer algo de ti, de tu cultura y a practicar inglés. Esa curiosidad no es por el hecho de ser monjes, sino porque casi todos son muy jóvenes y están ávidos de saber. Ese paso muchas veces fugaz por los monasterios y por sus característicos hábitos, hace que muchos de los monjes con los que hablas sean sorprendentemente “mundanos”, rompiendo la imagen de austeridad y religiosidad que muestran a primera vista. La energía juvenil y el pequeño pero intenso conocimiento del que gozan, creo que son algunas de las razones que hicieron que hace cuatro años se pusieran a la cabeza de las protestas contra el régimen militar.
Los monjes birmanos no fueron apaleados; no solo. Fueron asesinados, torturados y encerrados en unas condiciones infrahumanas, como están desde hace años muchos de los opositores políticos al régimen. Muriendo en las cárceles, sufriendo trabajos forzados encadenados.

El mayor movimiento de oposición al régimen está encabezado por Aung San Suu Kyi, premio nobel de la paz, y su resistencia tiene como premisas la no-violencia y el diálogo. Si uno tiene unas mínimas dosis de compromiso político o social, puede llegar a sufrir una verdadera conmoción al entender y visibilizar la situación del pueblo bimano y cómo afronta su lucha política. Desmedida e hipertrofiada empatía, sí, puede ser.
Mi experiencia fue breve pero muy intensa y, gracias a la sorprendente facilidad con la que entablas conversación y compartes muchas cosas con los birmanos, llegas a involucrarte en la situación política del país y las circunstancias sociales y económicas en las que lo mantiene el corrupto e inepto gobierno militar. Varias veces me sumí durante el viaje en dolorosas contradicciones, en tristezas, indignaciones, enfados, etc. por la situación en la que vive el pueblo birmano.

Sólo una anécdota: En la guía Lonely Planet viene la dirección de la casa de Suu Kyi en Yangón, donde ha permanecido bajo arresto domiciliario 17 años. Como turistas despistados, un día intentamos acercarnos para, al menos, ver la casa desde fuera, pero varias manzanas antes de llegar nos tropezamos con un control militar. Pocas veces he sentido la violencia y el peligro real en sólo un gesto y una mirada, los de un militar metralleta en mano que no tuvo que explicar demasiado para que entendiéramos que teníamos que irnos rápidamente por donde habíamos venido. Nos sentamos en un café cercano y de nuevo gestos y miradas paro esta vez diciendo muchas otras cosas. Fue una conversación en toda regla, sin palabras. Apoyo, gratitud. Las personas que estaban en el café intuían lo que hacíamos allí y nosotros sentíamos el peligro que podían correr al hablar con nosotros de ello. Sólo uno se acerco y susurró sin mirarnos: “The Lady”,que es como se conoce en Birmania a Suu Kyi. Nosotros emitimos un leve “yes”.

Cuando ocurrieron las revueltas hace cuatro años me emocioné como pocas veces en mi vida y me sumí en una tristeza profunda cuando pude comprobar que la represión iba a ser brutal y se le iban a romper las costillas al movimiento (pacífico, eso siempre) que se estaba produciendo. Es probable que entonces y ante la pregunta de “¿Qué tal estás?”, hubiera respondido “mal, descorazonado y triste, por todo lo que está pasando en Birmania” y, es probable también que mi interlocutor pensara si no tenía otro motivo menos exótico para estar triste…

Mi experiencia birmana puede ser la de muchos otros. Como puede ser la de aquellos que hayan viajado a China y hablado con “disidentes” o familiares. O las de quienes hayan estado en África y observado la miseria o las consecuencias de la desnutrición. Algo cambia, de manera profunda, de forma intensa, en nuestra relación con el otro, en la aproximación de otros mundos al nuestro, en la piel, el corazón, las entrañas. En la mirada a esas imágenes clonadas que todos los días rellenan las informaciones internacionales de los medios.

¿Hay manera de no indignarse? ¿Hay posibilidad de no dejar un hueco en la conciencia para estas experiencias, para, al menos, desear que no se olviden y en algunos caso, (por qué no, depende de la intensidad de nuestras experiencias y, sobretodo, del contacto que hayamos tenido con determinadas personas) tenerlas tan presentes como tenemos presentes las de seres cercanos? ¿Es esto tan molesto, tan extraordinario? Lo sea o no, uno pide, al menos, respeto hacia su indignación o hacia la vehemencia con la que se puedan mostrar los sentimientos.

Me gustaría hablar mucho más de mi experiencia y sentimientos (que son bastante profundos) en y sobre Birmania y mi ansiedad al leer noticias que vienen de allí. Pero lo dejo para nuevos post. Como conté en un post anterior, cuando fueron las revueltas birmanas, yo presentaba una obra en un teatro en Madrid titulada Love Songs. Se trataba de dos piezas breves, una escénica y un video, y añadí otro video que no estaba previsto, montado sobre la marcha, con imágenes capturadas en mi viaje, como homenaje a la lucha que en esos momentos libraban los birmanos. Se titula Postales desde Birmania.
(El montaje lo hice con la valiosísima colaboración de la gran Lola Jiménez, que dios guarde muchos años.)

Y un regalo para Marías, puesto que sé que es militante madridista y en el supuesto muy hipotético de que lea esto.

  1. Juan

    fantástico artículo,

    tampoco entendí la réplica arrogante y burlesca de Marías, ni que no mencionara el nombre de Maillard; no sé por qué para disentir del otro hay que ridiculizarlo; además, Maillard es una de las intelectuales más potentes y serias de este país, en ningún caso merecía ese desprecio (nadie lo merece),

    conmovedor lo que dices de Birmania, tanto por aprender, tanto por escuchar

    • Gracias tardías, Juan. La arrogancia es característica de algunos que utilizan una determinada forma de “hablarle al mundo” disfrazados de dialogantes o irreverentes. Se les ve el plumero a gentes como Marías o Pérez Reverte. No me gusta como hablan (aunque tampoco entiendo que haya que escucharles hablar de determinados temas por el simple hecho de ser escritores)
      Birmania es un paraíso sometido de forma brutal por una dictadura y por el acoso del gigante chino, que lo está esquilmado.
      Un saludo,
      Carlos

  2. david

    Enhorabuena , muy bueno y bien escrito…. Me “indigné” al leer a Marías en El País, porque sí que conozco bien la obra de Chantal Maillard, una de las voces más serias y relevantes del panorama actual . Y compartiendo espacio, en el mismo diario donde publican ambos, me pareció aún más turbio y, torpe, claro. Su arrogancia no le deja ver más allá de un palmo de narices, por mucha novela que escriba deja mucho que desear.

    • Muchas gracias David por tu comentario. Le he pedido a los reyes magos, para estos tiempos turbulentos que corren que la arrogancia deje de ser una de las señas de identidad de nuestra cultura y se dedique su energía a otras tareas más necesarias. Un saludo, Carlos

  3. joaquin

    El problema del fascista, en un sentido amplio del término, es que es incapaz de comprender más allá de su realidad inmediata. Del “yo no sabía nada” que esgrimían muchas familias “bien” argentinas durante la terrible dictadura militar a ridiculizar el sufrimiento por lo que escapa a lo que está fuera de nuestra esfera no hay mucha distancia. He utilizado la palabra fascista, y quisiera ahora recordar esa cita de Deleuze que dice que todos llevamos microfascismos dentro dispuestos a cristalizar. El fascismo es el egoismo absoluto, aunque sea disfrazado de campechanismo o mejor, SOBRE TODO cuando está disfrazado de campechanismo. Ridiculizar el sufrimiento de los otros significa no comprender que se puede sufrir por algo por lo que nosotros no sufrimos, es pensar que los demás tienen que ser insensibles porque nosotros lo somos. Imagino que el señor Marías nunca se habrá imaginado en qué condiciones ha vivido el animal con cuya chuleta él sigue poniéndose cada día más gordo. A fin de cuentas para qué: con la empatía no se come.

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