Resplandor

De nuevo el juego. Sus fotos, mis palabras. Jesús Ubera, Carlos Fernández. ¿De qué trata todo esto? Un diálogo abierto, buscándose. Para mí aparece un mecanismo que transita entre la realidad y la ficción, puntos de fuga entre la sugerencia y la tensión del sentido.

De qué manera despierta la ciudad. Renqueando, arrastrando miserias y esperanzas, con un sueño interrumpido, inestable, quizá ni siquiera sueño pues está claro que nunca llega a despertar del todo, ya que nunca llega a dormir del todo. La madrugada no es silencio en la ciudad, sino simplemente otras frecuencias sonoras, más austeras, monótonas.

Estaba preparando el desayuno. No tengo muy claro porqué en ese momento sucedió lo que sucedió. Algo me detuvo y me retuvo ensimismado bastante tiempo, con las manos apoyadas en la encimera de la cocina, los ojos fijos en las baldosas blancas frente a mi, el vapor del agua hirviendo en la cara, humedeciendo las baldosas. Ahora digo que se trataba de algo así como un recuerdo; pero en el momento no pude pensar que fuera eso. Ni siquiera algo que pudiera relacionarse con la memoria. Y sin embargo, era ella la que entraba en juego sin avisar, de una forma casi violenta.

(Un insecto se posa en tu cara, te pica, te provoca una reacción refleja y te golpeas en la cara. Te golpeas de manera que el impacto es dolorosamente superior al picotazo del insecto, se hace el silencio. Así son a veces algunos recuerdos. ¿Pero qué es exactamente el recuerdo? ¿El insecto, el picotazo, el golpe? ¿que es “lo real”, lo que se manifiesta, lo que provoca la reacción, el ensimismamiento?)
   
Lo que sentí fue como un fogonazo luminoso: ¿Algún acontecimiento pasado que volvía desatado para comunicarme algo? ¿Una realidad futura, construida con retales de otras ya pasadas? ¿Una revelación? ¿Un juego azaroso de la memoria? No lo sé. Había luz; había sonido, podría decir que estruendoso. En la aparente calma de la madrugada, de los primeros pensamientos perezosos, una puerta interior de la conciencia, del pasado consciente si puede decirse así, se abre. Y dentro hay luz. Y un sonido atronador y repetitivo.

La puerta podría cerrarse de golpe, tan inesperadamente como se ha abierto. Pero esta vez no. Me apoyé en la encimera, respiré hondo y mantuve la puerta abierta un largo rato.

Destellos. Su mirada es precisa y húmeda. Ojos húmedos sinónimo de combustión, esa es la paradoja. Ella abre la puerta de forma violentamente esperanzada, algo así, no puedo describirlo de otra manera. Algo sucede, algo podría suceder, más allá de las palabras están los cuerpos al rojo vivo. No me digas quien eres, no preguntes a la luz porqué te ciega. Compruébame. Podría estar diciendo eso: Compruébame, atrévete a tocarme para saber si soy real.
   
Bajé en el ascensor hasta el garaje. Abrí la puerta y me detuve allí, sintiendo el frío del aparcamiento y el olor compacto de los vehículos: combustible, aceite, piezas metálicas, caucho. Me imaginé como un sommelier, capaz de distinguir los aromas que destilan los aparcamientos, capaz de descubrir si se trata de vehículos de gama alta o industriales, diesel o gasolina, viejos o nuevos. Pensamientos ridículos para una primera hora de la mañana.
Una broma para mi mismo. De cualquier manera, de nuevo me detuve, como si el día fuera a construirse a base de “standbys” inesperados. De nuevo la imagen, que era más que una imagen, era un fluido rítmico, un estremecimiento, una línea de fuga en mi pensamiento que me arrastraba de una forma involuntaria.

Alguien en la puerta, detrás de mi, me pregunta: “¿me permite?”
“¿El qué?”
“Pasar, si me permite pasar”
“Sí, sí, claro, se lo permito”
Me hago a un lado y la mujer sopesa en una mano las llaves de su coche mientras me mira con curiosidad, como si tratara de adivinar algo. Los dos detenidos, y yo empiezo a pensar que quizá es el mundo el que hoy avanza y se detiene, como una máquina sobrecargada que apenas puede mantener el ritmo de trabajo. Sonrío y la mujer sonríe también (¿estamos sonriendo por lo mismo?) Me gustaría mirarla de arriba abajo pero no lo hago por pudor. Ella en cambio sí. Me comenta algo intrascendente sobre los fluorescentes del aparcamiento y yo muevo la cabeza.

Cara y cruz, un mismo pasillo-moneda que no conduce a nada. Su cuerpo corriendo por el pasillo, llega al final y vuelve porque es al final donde sucede algo inesperado, donde la salida está vetada por alguna razón terrorífica. (¿Terrorífica?) No, no, inquietante, tan solo inquietante. Perturbadora.
Señales de deseo en su mirada. Pero también el miedo. Abstracción de un cuerpo, abstracción del deseo. La mujer corriendo por el pasillo. Jadeando. El pasillo es el vértice del deseo o la culminación interrumpida de la pasión o una trampa mortal. Eso es. Eso me parece. Nada que pueda entender, de ninguna manera, por completo.

“Desconectan algunos fluorescentes para ahorrar”, le digo.
“Ya, pero como sigan desconectando, dentro de poco tendremos que bajar al garaje con linternas”. Y me deja atrás, inservible, después de succionarme con la mirada.

Subo al coche y vuelvo a pensar, como pienso todos los días, en mi tránsito cerrado, apenas piso la calle, de lugar privado a lugar privado. Podría vivir en un planeta sin oxígeno, sin contacto con el exterior, sería lo mismo, la realidad siempre detrás de una pantalla o un cristal, espacios cerrados, medios de locomoción. Por el retrovisor veo que la mujer ha encendido su coche pero no se mueve. También está mirando por el retrovisor, pero a sí misma, retocándose la pintura de los labios. De nuevo detenido(s). ¿Qué significan estos “incidentes”, estas detenciones? ¿Es necesario pensar en ello, hacerle caso?

La puerta queda entreabierta, el sonido se interrumpe, solo se escuchan los pasos de la mujer en el pasillo y su jadeo alterado. Golpea el resto de las puertas, grita. ¿Qué es todo esto? Lo recuerdo, no lo recuerdo. Hay una nitidez sospechosa en este abismo del pensamiento, en todas estas imágenes. ¿Qué es lo que he atravesado?

Ponerse en marcha. Siempre ponerse en marcha. Esa es la solución siempre. ¿La solución? ¿No se trata acaso de una huida? ¿No debería quedarme parado, desentrañar todos los detalles de esa imagen violenta en movimiento, de ese destello oculto detrás de un rumor de pensamiento tan temprano, mi porpio pensamiento, involuntario, desconocido? ¿Quién es esa mujer, todo ese ruido, esa violencia?
Porque se que más allá, fuera de campo de la imagen, todo se resuelve de manera violenta. Siento que es así. Pero no sé de que se trata. Tampoco se si yo mismo estoy involucrado en esa violencia, o simplemente soy y sigo siendo un observador. ¿Querría saber de qué se trata todo esto? ¿Querría saber qué es lo que se esconde detrás de todo esto?
La mujer sitúa su coche al lado del mío y me mira. Baja la ventanilla del copiloto y parece que va a decir algo pero la vuelve a subir, me sonríe y se va.

Todas las puertas están ahora cerradas y la luz ha subido de intensidad. La mujer ha desaparecido. Frialdad cromática de los fluorescentes, qué poca ayuda para pensar o decidir o desentrañar. Qué es lo que debo hacer. Salir de aquí.

Arranco el coche, me pongo en marcha. Miro el reloj. Dígitos anaranjados que me empujan al interior de la realidad. Llego tarde. Volverá más tarde a completarse el sueño, la imagen, el destello. Volverá y colocará delante de mis ojos los detalles que se me escapan ahora. Me dará su sentido completo. Pero no ahora. Es otra historia.

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