Paraíso vacío

Este post es el primer encuentro entre el fotógrafo Jesús Ubera y yo. Bueno, no exactamente el primer encuentro, ya que nos hemos encontrado en otras, pero sí es la primera vez que establecemos una especie de intercambio o diálogo entre imágenes y palabras. Las suyas y las mías. De momento no sabemos cómo se va a desarrollar este diálogo. No hay tema, no hay premisas. Simplemente nos ponemos a hablar. Para empezar Jesús me pasó una serie de fotos titulada 19, ya hechas y colgadas en su blog y yo recordé un texto ya escrito hace un año. Se podría decir que el diálogo empieza con algo así como “frases hechas”, elementos ya construídos previamente que nos sirvan para arrancar. ¿Después? Iremos viendo, dialogando, confrontando.


En el suelo hay papeles sucios, colillas y trozos de juguetes. En lo alto del armario se quedaron dos máscaras de plástico y las fotos que estaban en la pared han dejado marcas o han arrancado trozos de pintura. Las paredes podrían ser originalmente blancas, pero ahora tienen un tono indefinido, algo desgastado. La habitación es grande y luminosa, eso es lo que la hace atractiva; lo suficientemente grande como para poder deambular por ella con tranquilidad. Algunas marcas en el suelo pueden ser de mis paseos de un lado a otro durante todos estos años.
Se queda un sofá muy viejo, tapado por una tela naranja, dos cojines que ahora están en el suelo, una mesa pequeña de madera con un teléfono y el armario.

Llega un ruido espeso de la calle que rebota en las paredes vacías.Me llama la atención la diferencia de sonido ahora y cuando la habitación estaba llena de cosas: se ha vuelto metálico y más denso.

Esta mañana he leído algo en el periódico: alguien describe el Paraíso como un lugar más allá de la muerte que contiene las mismas cosas que el lugar donde vivimos pero quitándole los aspectos desagradables y penosos.

Lo primero que imaginé fue lo que quedaría de mi mundo una vez que le hubiera quitado los elementos desagradables y penosos. Luego intenté pensar en esos elementos de forma objetiva, es decir, lo desagradable y penoso de forma inalterable y universal. Pensé que si el Paraíso es un espacio colectivo, todo lo desagradable y penoso debería ser establecido de forma colectiva, deberíamos decidir qué cosas eliminar para conformar el Paraíso.
¿Seríamos capaces de ponernos de acuerdo en cuáles son las cosas desagradables y penosas?
¿O se trataría de que cada uno eligiera su propio Paraíso y así eliminar de forma personal lo desagradable y penoso?
¿Podríamos entonces compartir el Paraíso?

Más bien imaginé el Paraíso como un tejido de lugares privados en el que cada cual pudiera seleccionar sus elementos desagradables y penosos y deshacerse de ellos.
Quizá a alguno de mis vecinos de Paraíso privado le vendrían bien mis propios elementos desagradables y penosos. Se podría establecer a la entrada del Paraíso, un espacio de intercambio de elementos desagradables y penosos. Lo que es bueno para ti, es malo para mi. Y viceversa.
¿Cómo sería entonces ese Paraíso?
¿Tendría algo que ver con el Paraíso soñado, con el imaginado?

Ahora parece que la habitación hubiera estado llena de gente hace muy poco y algo extraordinario hubiera obligado a vaciarla a toda prisa: personas y cosas. Un lugar lleno de huellas y abandono.
Un lugar no vacío a pesar de que en él no haya nada que destacar, a pesar de que la mayor parte de su espacio esté vacío. No está vacío. Hay ausencias. Hay huellas. Hay restos.
Recuerdos, imágenes, sueños. Lo coloco todo ahora sobre la superficie vacía de la habitación. Planos invisibles sobre una habitación llena de huellas. La habitación recoge el temblor de los acontecimientos pasados.
La memoria construye gracias al marco que conforma la habitación vacía. Coloca en ella objetos, cuerpos, situaciones y si concentro mirada y pensamiento, aparecen con una gran nitidez y me provoca una especie de colapso emocional.

El Paraíso. La idea de Paraíso. El espacio deseado y nunca alcanzado.
Pensar la posibilidad del Paraíso no sirve más que para amplificar la sensación de pérdida, de desgaste de nuestro mundo privado, de todo aquello que jamás podremos tener o alcanzar.
Descartada la posibilidad de concretar un Paraíso colectivo, quedaría por imaginar la estructura de ese otro universo-Paraíso, como un entramado de espacios privados,íntimos, ocultos.

Y entonces también se destruye la nueva imagen: la imposibilidad de una construcción donde no haya ningún tipo de interferencia. No estamos a salvo, entonces. Eso es lo que queda por concluir. Destrucción invisible.
Atmósfera contaminada. Interferencias. No estaremos a salvo en este Paraíso-colmena.
Un lugar colectivo imposible
Un Paraíso privado imposible
Ecuaciones imposibles

Me pongo en marcha. Fotogramas borrosos, quemados, casi desaparecidos. Los espacios no tienen importancia, me digo. Me pongo en marcha y descubro el aire: húmedo, otoñal, frío pero no del todo.
Y entonces aparece la clave: es el tránsito lo que en verdad me conforma; el trayecto de un lugar a otro. El espacio recorrido, el aire, los pasos. Esa es la búsqueda, más allá de las paredes húmedas de una habitación vacía y de todos los recuerdos que emborronan mi mirada. ¿Hacia dónde? Lo mismo da.
Los lugares a los que llegar sólo son pausas naturales, áreas de descanso, espacios de acogida transitoria. Y pienso que ese tránsito no es otra cosa que la imposibilidad del Paraíso. Y esa conciencia de imposible se hace presente y me reconforta.
Me pongo en marcha.
Me pongo en marcha.

  1. Alicia Cubells

    Es el paraiso posible aquí, o me tengo que esperar a morir? Dónde está localizado el paraiso? Si son tejidos mezclados, componen esos tejidos un animal? que animal es?
    El infierno está lleno de cosas desagradebles y penosas?
    Yo creo que el paraiso no es un lugar, sino una capacidad. La capacidad de aceptar lo desagradable y penoso. Y ver brillar a lo lejos el animal que sonrie dentro del hombre que tienes delante.

  2. nines martín

    repito: “… y ver brillar a lo lejos el animal que sonríe dentro del hombre que tienes delante.”

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